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Los grandes daños del liberalismo religioso / Por Mons. Martín Dávila

Liberalismo religioso

En gran parte, la responsable de la situación que hoy nos toca vivir, la falta de valores, violencia, barbarie y crímenes atroces como el caso reciente de la niña asesinada y violada en Chihuahua.

SÁBADO 10 DE NOVIEMBRE DE 2018
11:52

Es debido al controvertido y liberal decreto de la “Dignitates Humane” del Pablo VI, base del Liberalismo Religioso que tanto daño está causando no sólo al cristianismo sino a la humanidad entera.

Los sencillos fieles infestados de esta herejía desde las década de los 1960. Han sido orillados a abrigar una muy vaga idea acerca de lo que es la verdadera fe católica, y gradualmente han ido engendrando actitudes como éstas, llegando a decir: Una religión puede ser tan buena como otra; no importa lo que uno crea con tal de que sea buena persona.

A este espíritu se le ha llamado “liberalismo religioso” y este fue adquiriendo poco a poco mayor intensidad mediante los matrimonios mixtos, la unión libre, los divorcios, y el pertenecer los católicos a sociedades acatólicas y partidos de izquierda, y a las reuniones tolerantes con los protestantes mal llamados (hermanos separados) y otros más.

Ahora bien, ¿qué posición debe de tomar todo buen católico con relación a esta actitud después de examinar a la luz de la Revelación cristiana y de la sana razón?

Si una religión están buena como la otra, ¿porqué entonces Dios tomó nuestra carne? ¿porqué vivió El treinta y tres años en medio de los hombres pecadores? ¿Para qué se tomó el trabajo de comunicarnos su mensaje religioso? ¿Por qué no había de bastar la religión judaica, o la romana, o la griega?

Por eso Cristo vino al mundo a enseñarnos la verdad, como El mismo declaró: “Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.” (Juan XVIII, 37.) La verdad es intolerante con el error, del mismo modo que “la luz no puede andar en compañía de las tinieblas.” así como dice San Pablo (II Cor., VI, 14.)

La verdad que enseña Cristo no puede tolerar doctrinas, preceptos y cultos contradictorios. El mismo Cristo se mostró intolerante en muchas ocasiones: condenó la religión hipócrita de los Escribas y Fariseos y amenazó con el castigo divino a todos aquellos que deliberadamente permanecieron ciegos a la luz de la verdad.

Cuando muchos consideraron “cosa dura” su doctrina de la Eucaristía y lo abandonaron, El nos les dijo que podían atribuir un significado metafórico a sus palabras, sino insistió absolutamente en el sentido literal de las mismas.

Cuando Dios habla debemos aceptar todo lo que dice. Aceptar una parte de su mensaje y rechazar lo demás sería inferir un insulto a Dios, sería negar que Dios es Verdad, Omnisciencia y Santidad supremas. Luego, Dios no nos dejó en libertad de formular nuestras propias creencias y sistemas religiosos. Por eso mismo no podemos hacernos nuestra propia religión a nuestro modo.

El toque de queda de la situación actual comienza con el controversial y destructivo decreto de la “Dignitatatis Humanae” (Dignidad Humana) contra la fe Católica, sobre la Libertad Religiosa, promulgado, después de terminado el Vaticano II, por Paulo VI el 7 de diciembre de 1965.

Mons. Marco Antonio Pivarunas en un artículo publicado el 2 de febrero de 1995 llamado: “Los Errores Doctrinales de la Dignitatis Humanae”.

En este escrito, nos explica, la razón del porqué este decreto fue el más controversial y el más destructivo, todo debido a que en él se enseñan explícitamente doctrinas previamente condenadas por los Papas verdaderos.

Y esto fue tan patente, que muchos Padres conservadores del concilio se le opusieron hasta el final; aún los mismos cardenales, obispos y teólogos liberales, que promovían las enseñanzas de Dignitatis Humanae, tenían que confesar su inhabilidad para reconciliar este decreto con las antiguas condenaciones papales.

Examinemos los errores de este decreto sobre la Libertad Religiosa para ver qué fue lo que causó toda esta controversia durante el Concilio Vaticano II

Lo primero a considerar es el término derecho. El derecho se define como el poder moral que reside en una persona — un poder que todos están obligados a respetar — de hacer, poseer, o pedir algo. El derecho se funda en la ley, puesto que la existencia de un derecho en una persona involucra una obligación en todas las demás de no impedir o violar ese derecho.

Ahora bien, únicamente la ley puede imponer tal obligación — ya sea la ley natural (de la naturaleza, algo dado por Dios); o la ley positiva, ambas fundadas (como toda ley verdadera) fundamentalmente sobre la Ley Eterna de Dios. De ahí, la base primordial del derecho es la Ley Eterna de Dios.

Hoy existe mucha gente que claman por sus “derechos”. Algunos aseveran tener el “derecho” de matar a un niño no nato en el vientre de su madre; algunos reclaman el “derecho” de vender pornografía; otros exigen el “derecho” de vender y promover los contraceptivos; aún otros demandan el “derecho” de ser asistidos por un doctor en el suicidio (Eutanasia).

En este sentido, estos presuntos “derechos” no son verdaderos derechos en absoluto. Porque están en contra de las leyes divinas: “No matarás; no cometerás adulterio.” El hombre muy bien puede tener el libre albedrío para cometer pecado, pero no tiene el derecho — el poder moral.

Esta es la razón primaria del porqué la sociedad está hoy en tan triste estado. Esta es la razón del porqué la inmoralidad está tan incontrolada y la “fibra moral” de la sociedad tan desgarrada. El hombre se ha apartado de las leyes de Dios y ciegamente persigue sus propias concupiscencias y pasiones.

Ahora consideremos el asunto un paso más allá. Si el hombre no tiene el “derecho” para hacer caso omiso de las leyes de Dios, tampoco tiene el “derecho” para ser indiferente en sus deberes para con su Creador.

Como Católicos, sabemos que Dios ha revelado a la humanidad una religión por la cual ha de ser Él adorado. Esta religión fue divinamente revelada por Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías prometido, el Redentor.

Cristo Jesús cumplió las profecías concernientes al Mesías prometido, aseguró ser el Mesías, el Hijo de Dios, y públicamente obró los milagros más prodigiosos (especialmente Su Resurrección) para probar lo que decía. Ninguna otra religión tiene esta prueba divina.

Jesucristo mismo fundó una Iglesia, la cual sabemos, por las Sagradas Escrituras, la Tradición y la historia misma, es la Iglesia Católica. A esta Iglesia, Jesucristo dio Su propia autoridad divina “para enseñar a todas las naciones:”

El Papa Pío IX, en su encíclica “Singulari Quadam” (diciembre 9 de 1854), expresó la necesidad que tiene el hombre de tener a la religión verdadera para guiarlo y a la divina gracia para fortalecerlo:

“Puesto que es cierto que la luz de la razón se ha oscurecido, y que la raza humana ha caído miserablemente de su antiguo estado de justicia e inocencia a causa del pecado original, el cual se comunica a todos los descendientes de Adán, ¿puede todavía alguien pensar en la razón pura como suficiente para la consecución de la verdad? Si alguien ha de evitar resbalar y caer en medio de tan grandes peligros, ¿puede, en vista de tal debilidad, atreverse a negar la necesidad de la religión y la gracia divina para la salvación?”.

Este decreto de la “Dignitatis Humanae” nos lleva a hacer estos cuestionamientos: ¿puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de adorar a Dios en cualquier manera que le plazca? ¿Puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de promover libremente enseñanzas falsas, sobre asuntos de religión, y esparcir promiscuamente todo tipo de doctrinas erróneas?

¿Puede decirse que el hombre posee el “derecho” — el poder moral — de enseñar y hacer proselitismo con las doctrinas del ateísmo, el agnosticismo, el panteísmo, el budismo, el hinduismo y el protestantismo? ¿Y qué hay de aquéllos que practican la brujería o el satanismo?

Reflexionemos especialmente en esto, por lo que se refiere a los países católicos, donde la religión del país es el catolicismo. ¿Estarían obligados los gobiernos católicos a otorgar el “derecho,” en la ley civil, de propagar toda forma de religión? ¿Estarían obligados los gobiernos católicos a permitir, por derecho civil, el esparcimiento de todo tipo de doctrinas?

Para responder a estas cuestiones, revisemos las enseñanzas de los verdaderos Papas, los Vicarios de Cristo en la tierra.

En cuanto al término derecho, el Papa León XIII enseñó en la “Libertas” (junio 20 de 1888): “El derecho es una facultad moral, y como Nos hemos dicho, y no puede repetirse demasiado, sería absurdo creer que aquél pertenece naturalmente, y sin distinción, a la verdad y a las mentiras, al bien y al mal.”

Y en cuanto al asunto de las obligaciones de los gobiernos, el Papa Pío XII enseñó en su discurso a los abogados católicos, Ci Riesce (diciembre 6 de 1953): “Debe afirmarse claramente que ninguna autoridad humana, ningún Estado, ninguna Comunidad de Estados, de cualquier carácter religioso, puede dar un mandato positivo, o una autorización positiva para enseñar o para hacer aquello que sería contrario a la verdad religiosa o al bien moral… Cualquier cosa que no responda a la verdad y a la ley moral objetivamente no tiene derecho a la existencia, ni a la propaganda ni a la acción.”

Una vez más, para contestar a las cuestiones mencionadas sobre la libertad religiosa, el verdadero punto es este: el error y las falsas religiones no pueden ser el objeto del derecho natural. (Por natural se entiende que es de la naturaleza, ¡dado por Dios!) Cuando las sociedades otorgan promiscuamente el derecho a la libertad de todas las religiones, el resultado natural es el indiferentismo religioso — la falsa noción de que una religión es tan buena como otra.

Continuando con las enseñanzas papales sobre este asunto. El Papa Gregorio XVI (15 de agosto, 1832) En la “Mirari Vos” dice: “Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres.

De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura (deliramentum), que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia.

Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la imprudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín.”

En la “Quanta Cura”, el Papa Pío IX (diciembre 8 de 1864) dice: “Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, estas personas no dudan en afirmar que ‘la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija.

Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, en la Mirari Vos, Nuestro Predecesor, de f. m., locura (deliramentum): esto es, que ‘la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio (o inalienable) de cada hombre.

Que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a todo tipo de libertades, por la cual pueda manifestar sus ideas con la máxima publicidad -ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma.

Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra.

De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio -por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades.”

Como pueden ver la verdadera doctrina de Cristo enseñada por sus Apóstoles siempre esta en consonancia, con la doctrina de los Papas y en franca contradicción con el decreto de la Dignitatis Humanae sobre la Libertad Religiosa del Vaticano II.

Es por eso, que el principio del indiferentismo religioso se opone a la sana razón. Decir que una religión es tan buena como la otra es afirmar que Dios ve con igual favor lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, el bien y el mal, la virtud y el vicio, el verdadero culto y la idolatría.

Puesto que Cristo es Dios, no puede en modo alguno ver con agrado aquellas religiones que le consideran meramente como un ser humano. Si dos y dos son cuatro, luego aunque centenares o millares de proposiciones afirmen que dos y dos son menos o más de cuatro, todas son falsas. Cuando compramos una docena de huevos no podemos esperar que nos den más ni menos de doce. Si una religión es verdadera, luego todas las demás que la contradicen necesariamente son falsas.

La afirmación de que no importa mucho lo que uno crea con tal que sea buena persona es igualmente opuesta a la razón. Los actos presuponen convicciones, y la conducta se halla en consonancia con las creencias. No se concibe una norma cierta de conducta en tanto que el hombre ande moviéndose de aquí para allá a impulsos del oleaje del error y de la duda.

La mente del hombre ha sido hecha para la verdad, lo mismo que la voluntad ha sido hecha para el bien: y la voluntad del hombre sólo se inclina hacia aquellos objetos que la mente le presenta como buenos.

El principio del liberalismo religioso está en contradicción con la historia del Cristianismo.

Cornelio, el centurión, era por naturaleza, un buen gentil, “hombre religioso y temeroso de Dios con toda su familia, y que daba muchas limosnas al pueblo, y hacía continua oración a Dios.” (Hechos X, 2.) Y sin embargo Dios envió a San Pedro a convertir a Cornelio al Cristianismo.

Cuando ciertos judaizantes alegaban que los Cristianos debían ser circuncidados y observar la ley de Moisés a fin de poder salvarse, los Apóstoles prontamente se reunieron en el primer Concilio de Jerusalén, y declararon solemnemente que los Cristianos no estaban sujetos a los preceptos del Judaísmo. (Hechos XV.)

Los Apóstoles sufrieron prisiones, azotes, persecuciones, y la misma muerte, antes que ceder un solo ápice de las enseñanzas de Cristo. Los Mártires en el anfiteatro romano sufrieron los azotes, los peroles de aceite hirviendo, las dentelladas de la bestias feroces, antes que condescender con el error.

La Iglesia prefirió perder toda Inglaterra más bien que renunciar a sus enseñanzas sobre la indisolubilidad del matrimonio (y ahora la iglesia Conciliar por cosas más simples con mucha facilidad anulan matrimonios). En la primera mitad del siglo XX, los cristianos en Rusia, Alemania, España y México resistieron a los tiranos hasta la muerte antes que hacer traición a su fe.

En conclusión, notemos que la verdadera Iglesia Católica es intolerante de las doctrinas falsas y contradictorias y no de las personas que sinceramente y de buena fe se hallan adheridas a doctrinas erróneas.

Por lo mismo, tenemos que permanecer firmes en la fe católica de siempre, no la fe modernista enseñada por “Dignitatis Humanae” de Vaticano II y de Pablo VI. Que son las causantes de todo este crisis tormentosa de toda índole que hoy estamos viviendo.

Por último. Recemos con profunda convicción las palabras del acto de fe: “Creo todas las verdades que la Santa Iglesia católica enseña, porque las ha revelado, Dios Nuestro Señor, que no puede engañarse ni engañarnos.” Y nunca sedamos en lo tocante a la fe por respeto humano o por alguna ventaja terrena.

Sinceramente en Cristo

Mons. Martín Dávila Gándara

Obispo en Misiones

Sus comentarios a obmdavila@yahoo.com.mx

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