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El Corazón de Jesús Médico de nuestras almas

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Imaginemonos ver al divino Corazón de Jesús cual se apareció a Santa Margarita; pidamos luz para penetrar en los secretos de su Corazón amantísimo y gracia para corresponder a su infinito amor.

MARTES 24 DE JULIO DE 2018
14:16

Cristo puede curar nuestras enfermedades

Consideremos que si para curar una enfermedad la primera condición es conocerla, Jesús nuestro divino médico conoce íntimamente todas nuestras enfermedades, porque nada hay oculto a sus divinos ojos. El conoce todas las pasiones que desde que tenemos uso de razón han comenzado a solicitar nuestro corazón, y sabe el número y la malicia de todas las culpas que hemos cometido.

No se le oculta uno sólo de los pensamientos que hemos tenido durante toda nuestra vida, ni el más insignificante de nuestros afectos, ni el más leve de nuestros suspiros. Conoce todos los estragos que la culpa ha hecho en nuestras almas, y todos los malos hábitos que hemos contraído por nuestros pecados.

Más aún: muchas veces nos engañamos a nosotros mismos creyendo que todo lo que nos deleita es bueno, y que, siguiendo nuestra pasión desordenada, no estamos enfermos y no necesitamos, por consiguiente, llamar al médico divino de nuestras almas, Cristo Jesús.

Pero, a Jesús nuestro divino médico, no se le engaña jamás, y sabe que estamos enfermos, aunque nos juzguemos sanos; y aunque sabe que nuestra enfermedad sea grave y voluntaria, horrible y asquerosa, no por eso se indigna ni se niega a curarnos, pues mientras más repugnante es nuestra dolencia tanto más se enternece este divino médico.

Bien lo demostró ante el escándalo de los fariseos, que murmuraban de El porque entraba en las casas de los publicanos y se sentaba con ellos a ma mesa. Al contrario, proclamó en al alta voz que, por lo mismo que eran pecadores, tenían mayor necesidad y derecho a su piedad y clemencia, y cuanto mayor era la enfermedad que padecían mayores debían de ser los cuidados que El, como médico, les prodigase.

Pero diremos tal vez: Jesús conoce nuestras enfermedades, pero ¿podrá curarlas? Porque no todas las enfermedades tienen remedio, unas por su naturaleza y otras porque el estado del enfermo no puede soportar las medicina. Desechemos ese vano temor, porque no hay enfermedad que no pueda curar Jesucristo nuestro divino médico.

No vacilemos en acudir a El para la curación de nuestras enfermedades del alma, pues en un momento puede mudar nuestro corazón y hacer que odiemos lo que amamos tan desordenadamente, poniéndonos en el camino de la salvación.

Si somos irresolutos y débiles pensemos que Jesús puede conferirnos la fuerza que nos es necesaria para que salgamos del letargo en que vivimos y formemos resoluciones que nos arranquen de los lazos que nos tienen sujetados al pecado.

La mano de Jesucristo ha sanado a Thais, a las Margaritas y a los Guillermos, haciéndoles mudar su vida pecadora en vida santísima, no se cansa nunca de seguir sanando a los pecadores, que todos los días dan testimonio de sus numerosas y grandes curaciones.

Cómo procede Jesús en la curación de las almas

Examinemos los medios ordinarios que Jesucristo emplea para sanar a las almas. Primero, valiéndose del poder que tiene sobre el hombre, iluminando su entendimiento de muchas maneras. Una vez por medio de un amigo, a quien pide consejos, y el señor hace brillar ante su vista la luz de la verdad; otra, un sacerdote nos enseña, o un libro nos advierte de nuestro error.

La desgracia y la prosperidad, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, son también enseñanzas de que Jesucristo se vale nuestra curación.

La Iglesia es todo un magisterio de altísimas verdades, aptas para producir admirables frutos de conversión; y cuando aún bastan todos esos medios para sacarnos del error en que estamos. Jesucristo mismo que es la luz increada, envía a nuestro entendimiento el conocimiento vivo de una verdad, de un principio, de una máxima que nos ilumina y convence; tanta es la claridad que hace en ella resplandecer.

Otro tanto hace con los impulsos de nuestro corazón. Habiendo sido formado para el bien, Jesús aprovecha esta disposición, representándole unas veces los bienes inefables del orden sobrenatural, otras, las maravillas del cielo o las terribles consecuencias del pecado en el tiempo y en al eternidad.

A los de ánimo generoso les propone motivos de amor y de engrandecimiento; a los tímidos y desconfiados les infunde alientos divinos y los conforta; a los contumaces en la culpa los quebranta con sus severidad en la amenaza; a los de ánimo noble los excita con la esperanza de la exaltación. En una palabra: emplea todos los recursos de su sabiduría infinita puesta al servicio del amor.

Para darnos cuenta de los maravillosos resultados obtenidos por Jesucristo como médicos de las almas, sería preciso que penetremos en el cielo y viéramos la inmensa multitud de los santos que lo pueblan. Algunos pocos hallaremos que, preservados por Jesús de caídas graves entraron allí por la senda de la inocencia; pero todos los demás, es decir, la mayor parte de ellos, observaremos que son enfermos curados por este Médico divino.

Y los hay que no sólo estaban enfermos sino que eran ya cadáveres que apestaban el mundo con la corrupción de sus vicios. A todos ellos, sin embargo, los volvió a la vida, y vida eterna, con los remedios heroicos que brotan de su santísimo Corazón.

Examinemos cuidadosamente el estado de nuestra alma, y por muchos y graves que sean nuestras dolencias no desesperemos de nuestra curación, antes, con verdadero espíritu de fe y ardientes deseos de seguir en todo sus prescripciones, pidamos la ayuda a este Médico misericordioso, que paso su vida curando, con la virtud que salía de El, toda clase de dolencias, aun las incurables de ciegos, mudos y leprosos, hasta dar la vida a los muertos; simbolizando en estos milagros las curaciones de las almas.

Lo que pide Jesús para curarnos

Consideremos cuán errados caminan los que creen que Jesús impone a sus enfermos una cura muy penosa y difícil de soportar.

No procede así nuestro amantisimo Jesús, cuyas curaciones son suavísimas. Miremos a María Magdalena, a quien devolvió la salud del alma, no con recriminaciones y amenazas, sino con palabras de inefable dulzura y con la gracia interior que la mudó de pecadora en amorosa penitente.

Miremos a la Samaritana, a la que transformó en apóstol con un suave coloquio; y a Zaqueo, a cuya mesa se convidó para tratarle con más dulzura, y no sólo le perdonó, sino que le lleno su casa de bendiciones.

Una sola cosa nos exige Jesús para curarnos, pero tan natural y justa que no se contentan con menos los médicos de la tierra para encargarse de la curación de un enfermo. Y esta cosa es que tengamos fe y confianza en El, y que nos sometamos a las prescripciones que nos ordene.

Examinemos cuál es la enfermedad que nos aqueja. ¿Será la lepra de la concupiscencia? Pues Jesús nos dice, como se lee en el Evangelio de San Lucas: Ve y preséntate al sacerdote. Confesémosle nuestras iniquidades y no dejemos de frecuentar los sacramentos hasta que obtengamos la curación que deseamos.

¿Se ha debilitado nuestra fe? Apartemonos de aquellos amigos sin alma y sin Dios que la ponen en duda; abandonemos aquella lectura llena de sofismas y de insidias y apliquémonos con ahínco al ejercicio de la fe, hasta que la imprimamos vigorosamente en nuestro corazón.

¿Nos distrae el amor de los placeres del mundo? Pues consideremos las delicias inefables del cielo y las llamas eternas del infierno, y veremos como se desvanece en nuestro corazón el humo de la vanidades de la vida presente.

Tomemos, según sea la enfermedad que padezcamos, la medicina que nos ofrece Jesucristo por medio de la santa Iglesia, y nos curará infaliblemente.

Tengamos en cuenta que si llegamos a perecer, no pereceremos, según dice el profeta, ni por la falta del bálsamo, ni de médico que lo aplique. Tenemos a Jesús y a su divina sangre, de virtud infinita, tenemos a su amantísimo Corazón. En todo tiempo y en todo lugar está dispuesto a sanarnos.

¡Desgraciados de nosotros si le despreciamos, porque corremos voluntariamente a nuestra eterna ruina y condenación!

Por último, porque no exclamar diciendo: ¡Oh divinísimo Corazón, en quien están todos los tesoros de la salud de nuestra alma! Aquí nos tienes hechos unos leprosos, llenos de toda suerte de llagas y de miserias, pero dispuestos a obedecer y a tomar cuantas medicinas nos ordenes. Cúranos con la virtud celestial que de Ti sale. Tocanos las úlceras de nuestro corazón, que son nuestras pasiones y nuestros pecados, y quedaremos limpios, sanos y dignos de Ti.

Propongamos: aplicarnos las medicinas y consejos que en nombre de Jesús nos de el confesor. No sería extraño que no nos curemos y aun que cada día estemos más enfermos, si no nos aplicamos los remedios que nos prescriben.

Gran parte de este escrito fue tomado del libro: “Meditaciones Espirituales para todos los días del año” del P. Francisco De Paula Garzón.

Sinceramente en Cristo

Mons. Martín Dávila Gándara

Obispo en Misiones

Sus comentarios a obmdavila@yahoo.com.mx

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